El
Tiempo de Dios es Perfecto.
Alexis Rodriguez Diaz
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El tiempo, es una unidad de medida
relativa... No hablemos del reloj, hablemos del tiempo. Una vida es tiempo, un
recorrido es tiempo, un ascenso es tiempo, un descenso es tiempo, la vida es
tiempo, la muerte es tiempo. El tiempo del que hablo es tiempo físico,
medible de acuerdo a nuestros criterios, relojes, concepto de viejo, de nuevo,
de oportuno o de inoportuno, pero el tiempo obsoluto es intangible.
Una vida de un niño que muere a horas de
nacer sigue siendo una vida, no está signada por el tiempo, más está signada
por la misión que trajo, de igual manera, una desgracia sostenida por años no
es menos que un cataclismo que dura segundos. Las dos traen una misión, no es
sólo destruir... Es más bien, como diría un agricultor: es pasar la rastra para
poder: romper la tierra y remover los sustratos para alimentar una nueva
siembra.
Por lo tanto mi tesis es que no hay que
apurar el tiempo, no desesperarse por lo dilatado que parezca, Dios tiene un
plan y lo inicia y lo culmina según su programación.
Maravillosamente cuando nos referimos a
esto como una verdad absoluta, comprendemos porque algunos eventos Durán poco y
otros duran mucho.
Que se haga la voluntad de Dios siempre y
no la mía, el plan de él supera mis expectativas.
Miré hacia otro lado y vi que en esta vida no son los más veloces los que ganan la carrera, ni tampoco son los más valientes los que ganan la batalla. No siempre los sabios tienen qué comer, ni los inteligentes tienen mucho dinero, ni todo el mundo quiere a la gente bien preparada. En realidad, todos dependemos de un momento de suerte, y nunca sabemos lo que nos espera. En cualquier momento podemos caer en la desgracia, y quedar atrapados como peces en la red o como pájaros en la trampa. En este mundo vi algo de lo que también aprendí mucho: había una ciudad muy pequeña y con muy pocos habitantes, que fue atacada por un rey muy poderoso. Ese rey rodeó la ciudad con sus máquinas de guerra, y se preparó para conquistarla. En esa ciudad vivía un hombre muy sabio, que con su sabiduría pudo haber salvado a la ciudad, pero como era muy pobre, ¡nadie se acordó de él! Aunque la gente se fije más en la pobreza del sabio que en la sabiduría de sus palabras, yo sigo pensando que «más vale maña que fuerza», pues se oyen mejor las suaves palabras de los sabios que los gritos del más grande de los tontos. En realidad, puede más la sabiduría que las armas de guerra, aunque un solo error puede causar mucho daño..
Eclesiastés 9:11-18
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