Encuentros en el Cielo

           

Encuentros en el Cielo. 

 Alexis Rodriguez Diaz ® 


Nada era normal.

Se escuchaba un tropel de personas, ladridos de perros, objetos pateados, sonidos ahogados de pitos de sirenas. Todo era un caos siniestro y alucinante.


Nadie se detenía a mirar hacia atrás, todos corrían en dirección hacia donde corría la masa humana, huían de algo o de alguien. Nadie sabía si era humano o infrahumano, si era de aquí o de otro planeta, solo huían a toda velocidad. Los más rápidos iban adelante, los más lentos iban quedando atrás. Los minusválidos eran la cruz andante de algunos, otros yacían en el suelo arrastrándose como podían, pero también huían.


El cielo era gris, pero no se veía ni más ni menos gris que de costumbre. El viento era fuerte y húmedo, como era normal. Las aves, espantadas por el desorden y el ruido, ya no estaban donde comúnmente se encontraban, habían escapado también.


A lo lejos, mientras me apresuraba a correr, logré ver a un hombre que, sentado lejos del tumulto, jugaba con un pequeño gato. Era perturbador ver cómo ese hombre mayor, barbudo, con vestimenta desordenada y muy gastada, seguía su rutina como si no estuviera pasando nada.


No pude resistir la tentación y me desvié para preguntarle lo que él sabía y yo ignoraba. Al acercarme, le dije: "¿Por qué no huyes?" Él me miró con dulzura mientras acariciaba al gato como si fuera un juguete de peluche. Un instante después, me respondió: "Todos huyen y no saben de qué, todos huyen y no saben hacia dónde huyen, son gregarios, solo huyen. Yo huí durante mucho tiempo hasta que me encontré, y después de encontrarme, no quise perderme nuevamente; por eso ahora no huyo."


Aún más desconcertado, le pregunté nuevamente: "¿Y qué encontraste cuando te encontraste?" Levantó la mirada, señaló con su dedo índice derecho hacia el cielo, hacia arriba, y me respondió: "Eso que llaman cielo, eso encontré y reconocí que no es cielo. Encontré que el cielo no está arriba ni afuera, descubrí que el cielo está dentro, aquí y ahora." Me miró y continuó: "Ahora entiendes por qué no huyo. ¡Yo ya llegué al refugio mayor, allí donde no hay amenazas! Te invito a que decidas dónde quieres estar, en el cielo de afuera o en el cielo de adentro. Yo decidí, y mírame aquí, con mucha paz, mientras otros corren hacia ninguna parte, despavoridos por el miedo a no saber qué."


Me senté junto al hombre solitario que acariciaba a su gato, cerré los ojos y sentí el silencio. No pasó un minuto y sentí algo sobre mi mano, una pequeña ardilla se estaba acercando a mí con un trozo de semilla. Me permitió acercar mi dedo y acariciar su pelaje. Después de eso, pude sentir el silencio. Nadie corría, la gente caminaba tranquila y sonreía.


Después de ese encuentro con el anciano y su gato, disfruté de otra realidad, aquella donde suceden las cosas más hermosas de la vida, la vida misma, aquí, hoy y en constante cambio.


¡Te invito! Siéntate en el banco, cierra los ojos, fluye y deja de huir.

¿Te atreverías? 


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