Un Templo Llamado Naturaleza
Alexis Rodriguez Diaz
Ese día, mientras el ermitaño se encontraba sentado a la orilla de un riachuelo, el joven discípulo lo observó y se acercó. “Ermitaño, ¿qué haces que te veo tan absorto en el río y su movimiento? Llevas bastante tiempo así”, preguntó el joven.
El viejo ermitaño respondió: “Mi querido Shela, estoy en el templo. ¿Quieres entrar al templo?”
Confundido, el joven Shela volvió a preguntar: “Pero no entiendo, ermitaño. Solo veo que estás sentado en una piedra a la orilla del riachuelo. No veo ningún templo”.
El ermitaño levantó la vista al cielo, luego observó río arriba y siguió con la mirada una pequeña hoja que navegaba la corriente suave del riachuelo. Observó las rocas a los lados, algunas ramas sumergidas y notó que la hoja, en la que había fijado su atención, ya estaba distante. Tras unos segundos, que no llegaron a ser un minuto, respondió al joven sin antes mirar al cielo y suspirar profundamente.
“Mi querido Shela, estoy seguro de que tu crecimiento te llevará a este templo. Este templo que tiene las paredes más grandes y hermosas del mundo, del universo. Este templo que posee los vitrales más majestuosos. Este templo que alberga a todos los santos y seres de luz, dentro y alrededor de él. Este templo cuya cúpula es el amplio cielo y que, como seguridad, te ofrece el infinito. Este cielo donde logras conectarte contigo mismo a través de la naturaleza. Este templo está bañado por el sonido del río al bajar, el canto de las aves, el susurro de las hojas y las ramas, y el sonido del viento. Este templo te permite escuchar tu respiración y, si afinas, te permite escuchar tu corazón y, si continúas afinando, te permite escuchar tu alma. Este es el templo del que te hablo. La contemplación de la naturaleza es la entrada al Gran Templo del alma, donde te despojas del cuerpo, de la mente, y entras en territorio del alma, del espíritu, de lo divino. Te invito a este templo.”
Emocionado por las palabras del ermitaño, el joven discípulo repitió el protocolo: observó río arriba, fijó su mirada en una pequeña hoja y se dejó llevar en el viaje de la hoja, fluyendo con el riachuelo. Y de repente, el joven discípulo estaba en el templo, estaba en el cielo, estaba dentro de sí mismo.
Después de un rato de meditación y contemplación, el joven discípulo culminó su experiencia diciéndole al viejo ermitaño: “Gracias, ermitaño. Gracias.”
Esta historia que comparto es una hermosa metáfora de la conexión espiritual con la naturaleza y cómo esta puede ser un templo para el alma.
El ermitaño, con su sabiduría, enseña al joven shela a ver más allá de lo físico, a encontrar la divinidad en el fluir del agua, el susurro del viento y la danza de las hojas. Es un recordatorio de que la naturaleza nos ofrece un espacio sagrado para la reflexión y el crecimiento interior.
La naturaleza, en su esplendor, nos invita a observar y a ser parte de su ritmo eterno. Nos ofrece un lugar para **despojarnos de lo superficial** y conectarnos con lo más profundo de nuestro ser. En la simplicidad de un riachuelo o la inmensidad del cielo, encontramos lecciones de vida y un camino hacia la paz interior.
Paz y Luz. Bendiciones.
Alexis Rodriguez D
@alexisrodriguezmentoring
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