La casa de los salvajes o La casa del Conde de Miranda.
Por: Alexis Rodriguez D.
Un 3 de febrero, en tiempos ya de pos-pandemia, con frio en la espalda, recorría las calles de la vieja Madrid, allí me dejé llevar por mis pies cansados de caminante del Camino de Santiago y avancé buscando cosas diferentes, más allá de los iconos turísticos, así que como quien iba hacia la famosa Almudena anduve por los recovecos de esas calles detrás del Mercado San Miguel, esa modernidad consumista enmarcado sobre lo que otrora fue el muy antiguo Mercado San Miguel, a escasos metros de la Plaza Mayor de Madrid.
Proseguí
calle abajo buscando lo que no se me había perdido y poco tiempo después estaba
detenido frente a un sombrío lugar, un espacio abierto rodeado de edificios antiguos refaccionados color ladrillo.
Miré a mi alrededor y no había nada físico que me atrajera. El frio invierno aun castigaba al follaje de las pocas plantas del lugar, pero al final después de recorrer con la mirada el sitio, terminé poniendo mi vista sobre una losa colocada a lo alto de una pared de la construcción la cual decía: “Plaza del Conde de Miranda”.
¿Conde de Miranda?
No tiene nada que ver con Francisco de Miranda, me dije; así que me dispuse a buscar en el internet de mi teléfono y terminé recostándome de una pared mientras leía el macabro relato que comparto a continuación:
La leyenda de la plaza del Conde de Miranda y las biblias forradas con piel de niños.
La Villa de Madrid en el siglo XVIII, a caballo entre la ignorancia y la superstición, es una fuente de cuentos y leyendas. Este pasaje tiene que ver con una de las historias que, presuntamente, tuvieron lugar en la época y de cómo la Inquisición demostró su poder. Si bien no hay documentos que certifiquen esta crónica más allá de la transmisión popular. Dicen estos escritos que, en la plaza del Conde de Miranda, a unos pasos de sus homólogas de la Villa y Mayor, se produjo la detención de una mujer que atormentó la ciudad por sus aparentes prácticas impías.
Dice la leyenda negra de la Villa que a mediados del XVIII una vendedora de biblias se hizo enormemente famosa en la zona. Aunque cada ejemplar era extremadamente caro, era difícil encontrar a alguien que no comprara o quisiera comprar uno de estos libros sagrados. La explicación, reflejo de la idiosincrasia de aquella sociedad, era que poseía condiciones milagrosas. Quien tuviera una de estas biblias sería dichoso hasta los restos, hasta el punto de que que tenía propiedades curativas y, como una suerte de lámpara, concedía deseos a su propietario.
Sea como fuere, lo cierto es que la buena fama de estas biblias pronto dio un giro radical. Acaso por envidias o competencias, comenzó a extenderse la creencia de que no solo es que no tuviera tintes divinos, sino todo lo contrario. Estaban malditas. Y para apuntalar la teoría se dijo que el forro que revestía los ejemplares estaba hecho a base de pieles de niños muertos. Era la propia mujer quien, supuestamente, acudía a los cementerios para arrancar la piel de los pequeños recientemente fallecidos. El bulo (o verdad) surtió efecto y fue perseguida hasta que se dio con ella. La Santa Inquisición la encontró en la plaza del Conde de Miranda y la condenó a muerte. Aunque, efectivamente, no hay constancia del castigo que se le impuso, no es descabellado pensar en los horrores a los que fue sometida, dada la fama del tribunal.
Sin duda alguna, en esas ciudades antiguas encontramos historias, leyendas y mitos que pueden llegar a impresionarnos. Es que en esos tiempos tan bizarros, donde cualquier cosa que se nos ocurra podía suceder, no sería imposible que esta leyenda no este nutrida por alguna verdad del momento.
Alexis
Rodriguez D.

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