Un Viaje al Cielo.
Por Alexis Rodríguez Díaz.
Ese amanecer estaba lleno de vientos muy fuertes. La vieja madera de la entrada al recinto crujía y se escuchaba el viento, silbar y azotar con fuerza las ramas de los dos viejos arbustos que flanqueaban la entrada. El ruido del granizo contra la entrada se dejaba sentir cuál toquidos a la puerta. La temperatura había bajado drásticamente, tanto que el Ermitaño debió meter una nueva carga de madera a la rústica estufa para calentar un poco. Eran las tres de la madrugada, esa hora cuando los sonidos son más claros y a algunos no les deja dormir y les llama a la meditación, oración y reflexión. El Ermitaño era uno de esos personajes de sempiterno despertar de las tres de la mañana y ese era el momento cuando se sincronizaba con el centro del universo, así como cuando buscas una emisora en la radio, él buscaba la emisora de Dios y la encontraba y la escuchaba.
Se levantó y después del ritual de la colada de café de la madrugada, le dijo al joven Shela que buscaba en el fondo del pocillo de madera un trago más de café:
"Mi querido Shela, te voy a contar una historia de un viaje. En esa historia que te contaré, escucha más allá de las palabras. Te invito más bien a que escuches lo que está detrás de ellas, el código que devela". Dicho esto, empezó a contar la historia cual si la estuviera leyendo en un libro interno, y con los ojos cerrados comenzó a murmurarla como quien pasa un secreto:
"Fue un viaje inesperado, sin tropiezos. Súbitamente apenas cerré los ojos, había llegado. La recepción fue cálida, sencilla. Allí estaban mis seres queridos aplaudiendo. Tanto tiempo sin verles, todos sonreídos. Pregunté por algunos que no vi y solo me dijeron: 'Acá no están'. No sé de dónde salió la voz que anunciaba que 'Acá no hay secretos, todo queda al descubierto'. Sonreí y una mezcla de sentimientos me abrumó: alegría, paz y, de pronto, tristeza. Pregunté nuevamente y solo me dijo: 'No he visto salir a nadie de allá'".
Con la misma inmediatez que llegué, estaba de vuelta. El viaje me dejó algo adolorido, mucha distancia en tan poco espacio, pero traía de equipaje un nuevo código por dilucidar: "Acá no hay secretos, todos saben todo".
Los cuentos del Ermitaño.
y continuo: "la vida no puede pasar de manera improductiva y vaga. Cada día es una oportunidad para crear un impacto positivo en el mundo y en ti mismo. Somos conciencia universal, única. Todo es parte del todo, no hay secreto en el destino final y únicamente tus obras serán tus méritos, no por grandiosas, sino por impactantes positivamente en otros".
Bebió el último trago de café de su tazón, respiró profundo y comentó: "Conjugar en presente perfecto, ese es el secreto. Todo lo que puede suceder ya sucedió en tu mundo de posibilidades".
Esta vez, el Shela no pronunció palabra alguna, solo se sumergió en una profunda introspección y miró su mundo de ayer, de hoy y el de mañana.
Bendiciones,
Alexis Rodríguez Díaz.
Paz y Luz
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