Sal y fósforo, lección de vida.

Sal, fósforos y una lección de vida. 

Alexis Rodriguez D. 


Ese día, el joven Shela bajó al pueblo que quedaba a unos 20 kilómetros de la montaña donde comúnmente aprendía del viejo Ermitaño.


Llegó al pueblo ya avanzada la tarde y entró a una vieja bodega donde vendían víveres y aperos. Al entrar, notó polvo sobre todo el mostrador y que todo lo habían colgado. No cuestionó nada, pues era un pueblo de calles de tierra y arena, donde era normal que todo tuviera al menos una capa de polvo.


Golpeó una oxidada campañilla y se escuchó un grito algo gruñón desde el fondo. Desde la trastienda apareció un hombre de mediana edad que lo miró de arriba abajo, como escudriñando cada centímetro de su cuerpo. Acto seguido, le espetó un despectivo "¿Qué quieres?" y entre dientes el joven Shela escuchó cuando dijo: "Estos infelices miserables". El joven Shela recordó las tantas veces que el Ermitaño le había advertido sobre no dar pie a discusiones y a entender que cada uno hablaba desde lo mucho que llevaba dentro de sí.


Se limitó entonces a no retar con la mirada al hombre y solo le dijo: "Buenas tardes, señor. Gracias por atenderme y disculpe, solo quiero de usted un saco de sal y un paquete de fósforos".


El hombre lo miró nuevamente con aire de desprecio y le preguntó: "¿De dónde vienes? Tú no eres de aquí".


El Shela le respondió con mucho tino: "Sí, señor, no soy de aquí. Vivo y ayudo al ermitaño en una montaña cercana".


El tendero se acomodó el bigote antes de responder y dejó ver una sonrisa sin esconder ironía: "Tú eres el tonto de turno que cree en eso de la iluminación, Dios y vidas divinas... Cuántos tontos hay en este mundo. Eres joven, ¿no te has dado cuenta de que si no trabajas no comes?".


El joven Shela levantó la mirada y lo miró con cariño y con una paz que seguro envidió el tendero. Acto seguido, le dijo: "Así es, señor, soy uno de esos tontos. No somos muchos por ahora, pero seguramente algún día tendré su edad y mi tontería me hará estar en un lugar que no le puedo decir, porque aún estoy conociendo el camino".


Terminado esto, el joven puso las monedas sobre la maltratada tabla que hacía de mostrador y le pagó, tomando la sal y los fósforos. El joven se despidió con la siguiente sentencia: "Le agradezco, señor, por la sal -de vida-, y los fósforos -el fuego de la intención-. Le deseo muchas ventas para que pueda renovar su inventario muchas veces y su negocio crezca, y usted también".


Dio la vuelta y se marchó, y mientras emprendía su viaje de retorno, como mantra repetía: "Gracias, Padre, por el destino, gracias, Padre, por el camino, gracias, Padre, por la dicha de conocerte".



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Que la Luz del Padre Eterno te ilumine y te muestre el camino para tu misión de vida.


Alexis Rodriguez Diaz

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