Secretos del Ermitaño.
23/07/2022
Por: Alexis Rodriguez D.
Aún oscuro, el pequeño pueblo al pie de la montaña dejaba sus calles al descubierto, no andaban ni los perros, el silencio apenas lo interrumpían algunos grillos y los pasos lentos pero seguros del Ermitaño, este periódicamente, se dejaba escurrir por las solitarias calles del pueblo con una dirección definida, la vieja iglesia.
Se acerco a la puerta auxiliar del templo, toco con sus rústicos nudillos doblemente tres veces como en una especie de código de contraseña, posó su peso sobre su báculo y espero unos minutos, se acucharon los pases de cerrojo y apareció la imagen del viejo sacerdote que estaba en sus laudes de la liturgia de las horas, quien sin mediar mayor palabra que un Dios te bendiga lo dejo pasar. Acto seguido el Ermitaño puso su mano sobre el hombro del sacerdote, murmuró una bendición y surco el camino hacia el sagrario, allí se dejó caer de rodillas y expresó en reducida voz como quien cuenta un secreto:
"Gracias Jesús de Nazaret, gracias, es tanto lo que me das que a veces me pregunto si me lo merezco, tu sabes más de mi historia que yo mismo, una vez al mes vengo a sentirte de manera especial donde estas consagrado para llevarme tu aroma en mi piel y dárselo a las flores, metió su mano en la bolsa y saco un ramillete que brillaba, un dulce ramo de flores silvestres, con un pedazo de su propia tierra, aquí te envía la naturaleza que me has dado, te la envía como muestra de amor.
Prosiguió: te doy gracias también por la sed, me enseña el valor del agua, por el sol abrazador que me permite valorar la sombra, por la lluvia tormentosa que me muestra el valor de la calma, por la soledad que me hace valorar las compañías por breves que sean; gracias Jesús de Nazaret por permitirme ver más allá de las horas, más allá de los días.
Se quedó en silencio por un rato y dejó que su alma descansará en los brazos del Padre, y de pronto susurro: Me tengo que ir antes que amanezca, debo alimentar a los pichones que rescate, y regar las semillas de las flores del desfiladero, seguir atento a tu llamado al ayudar a los caminantes.
Solo una cosa más, mi amado Señor, te ruego misericordia con los que caminan por los senderos de tu vid y por aquellos que se han descarriado.
Gracias una vez más por tu tesoro que dispones para mi, Gracias por la Vida."
Dicho esto, nuevamente se apoyo sobre el curtido báculo, se levantó, hizo una reverencia, salió de pasos hacías atrás sin apartar la mirada del sagrario, caminó hacia la salida. Allí el Sacerdote le esperaba, le entregó una pequeña bolsa con un poco de café y Sal. El Ermitaño, abrió su bolsa, tomó otro ramillete de flores y le murmuró : "siémbralas, no las dejes morir". Se escucho tras las pisadas del Ermitaño la voz del sacerdote "Dios te bendiga y te cuide en tu pastoral"
Así antes que cantara el primer gallo ya el Ermitaño pisaba los límites del pueblo y se adentraba en la montaña.
Seguiría siendo montaña seguiría siendo flor, seguiría siendo.
En el silencio de nuestros corazones hay tierra fértil donde sembrar los más preciados tesoros inagotables.
Dios nos permita ser siempre mejores personas.
Cuando los tiempos son difíciles tenemos la gran oportunidad de llevar a hechos nuestras palabras, vamos a hacer tanto bien como podamos, sin ver lo adverso a nuestro alrededor.
Bendiciones.
Alexis Rodriguez D.

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